Lo he estado pensando y si tuviera que poner un sinónimo materialista de amor creo que sería lavadora. Sí, lavadora, de esas que giran, limpian la ropa y pierden calcetines. De esas que cuesta aprender a usarlas al principio y que solo sabes usar la tuya. Y si el amor es una lavadora, ¿qué somos nosotros? Calcetines. Después de darle dos mil vueltas a la idea he decidido que somos como calcetines. ¿Explicación? Claro que sí.
Cuando nacemos somos inocentes y no hacemos nada, no formamos parte de nada, como un hilo que aun no se ha usado. Con el tiempo vamos aprendiendo, sintiendo y formándonos como personas, unos serás más alegres, otros más tristes, unos más gordos, otros más finos. El hilo con el tiempo forma parte de un calcetín que puede ser de colores, liso, deportivo, elegante, más gordo o más fino. A medida que pasa el tiempo nos enamoramos, creemos que alguien podría ser perfecto para nosotros. El calcetín encuentra su par y van a todos los lados juntos, hasta entran y salen juntos de la lavadora. Un día la relación se empieza a complicar y lloramos, ha habido problemas y se atisba un final. En un giro de lavadora los calcetines se separan y ya no se ven hasta que uno de ellos se va por un agujero y nunca vuelve. La relación acaba. Nos sentimos solos y nos apoyamos en cualquiera que nos entienda y nos anime. El calcetín cae al fondo de un cesto con otros que también han perdido su pareja. Los días pasan y nos conformamos con otros hasta el punto en el que llegamos a creer que la primera persona no era la correcta o descubrimos que no lo era realmente. El calcetín sale del cesto y va a todos los sitios con otros diferentes a él, se conforma.
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