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Sonreía a pesar de no tener motivos. Siempre pensó que la esperanza era lo último que se perdía y eso le ayudaba a seguir luchando por lo que quería. Nunca habló por miedo, le temía tanto a su pasado que ya no se permitía confiar en nadie. Descubrió demasiado pronto que nunca se podía conocer a alguien del todo pero aún así siempre esperaba que la hiciesen cambiar de opinión. Su almohada era la única que sabía todo lo que lloraba por las noches desde aquel momento. Ella, que siempre fue de besos y abrazos, pasó a ser fría como hielo, pero siempre con su sonrisa. Llegó a pensar que la culpa era suya y que había hecho algo mal a pesar de las evidencias. Contestaba siempre que estaba bien, aunque si alguien le hubiese hecho la pregunta una segunda vez hubiese roto a llorar.

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